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    El reto de hoy Esteban Herrera Iranzo Esa noche David Miguel caminaba por una calle de la Arenosa con aquel  interrogante que desde hacía meses venia destrozándole a pedazos una existencia que, según sus propias palabras, más desafortunada no podía ser: ¿Qué era lo que había provocado que su matrimonio de cuatro años con quien fuera la mujer de su vida, hubiera caído en aquel ámbito de discusiones y peleas tan insoportables que los había llevado a divorciarse? --. De haberlo sabido él seguramente hubiera hecho algo por evitar tan fatal desenlace --, solía decirse.  El haber hablado con personas que habían pasado por su misma experiencia, leído libros, revistas, ensayos; escuchado a  conferencistas nacionales y extranjeros por la radio, la prensa,  la televisión y las redes sociales que hablaban de la falta de comunicación, la intolerancia, el egoísmo, la violencia intrafamiliar y muchos otros temas relacionados con el caso,  no había podido llevarlo  a una respuesta que lo co
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El misterio de la mujer de la escoba Esteban Herrera Iranzo Aquella Mañana Abelardo me había llamado para pedirme que fuera a su casa, que tenía algo urgente que decirme. Estaba desesperado y con una voz quebrada como la de días antes cuando me habló del extraño mal de que venía sufriendo.  No dudé en responderle que me esperara, que en unos minutos iría;  escucharlo cuando él más lo necesitaba era lo menos que podía hacer. Abelardo y yo habíamos crecido en el mismo barrio, unidos por una amistad tan entrañable que no había cosa que ocurriera a uno, por insignificante que fuera, que no la tomara el otro como una vivencia propia. Había sido él quien me brindó su casa el día que mis padres decidieron irse al exterior para buscar un alivio a la difícil economía que vivía nuestro hogar. Y fue a insistencia suya que Teté, como él llamaba a la difunta tía con quien vivía entonces, accedió a costearme los estudios de pintura que yo tanto anhelaba y por los que me había negado a acompañar
El alma no tiene sexo Esteban Herrera Iranzo Nadie podía imaginar lo que sucedería aquella noche cuando Enasio Del Villar entró a la iglesia  de San Benito, un pueblo rivereño del Caribe colombiano al que había llegado un par de horas antes.       Su rostro fileño y de un semblante que reflejaba tristeza y la complexión de su cuerpo alto,  delgado y de un vigor como el de alguien que no llega a los treinta abriles, no mostraban mayor diferencia con los de algunos campesinos que desde sus bancas escuchaban la misa.  Por eso cuando tomó por el corredor del centro virando la cara hacia uno y otro lado, como si estuviera buscando a alguien, nadie tuvo la intensión de fijarse en él. Félix De Ossua y Melissa Ibáñez, que se encontraban en la primera fila, apenas lo miraron cuando se sentó en un espacio que había al lado de ellos. Y era  lógico,  no lo conocían. Él, en cambio,  los había buscado durante años por muchos pueblos de la región que resultaban siempre no ser el que llevaba en s